En el cuarenta aniversario de la formación del PCC
Joan Tafalla
Llamadme raro. Pero me da igual lo que podáis pensar de mí.
El
cuarenta aniversario de la formación de mi querido y añorado PCC ha producido
en mí una reacción poco racional.
Durante
todo el día han desfilado por mi cabeza viejos y queridos rostros: Pere
Ardiaca, Juan Ramos, Aurora Gómez, Josep Serradell, Paco Trives, Neus Català, Margarida
Abril, Josep Muni, Salvador Martorell, Carola Ribaudi, Félix Ferrer, Dolores
Solis, Leopoldo Espuny, Esteban Cerdans,
Paco Aguilar, Atilano García, Rafael Juan, Quim Horta, Francesc Luchetti,
Daniel Mañas, Francesc Noguero, Julián Nuñez, Rafael Parra, Luis Romero, Luis
Salvadores, Paco Sancho, Angel Serradell, Pere Soto, Rufino Vas,
Isabel Vicente… y tantos otros. Menciono sólo a aquellos que nos han dejado. Tengo también muy
presentes a todos aquellos que aún están presentes entre nosotros. No los
menciono. Ellos saben que forman parte de mis recuerdos y de mi respeto, militan donde militen, son mis camaradas.
Resuenan
en mi mente viejas y bellas palabras escuchadas a todos ellos. Me conmueven
antiguas resonancias ético-políticas y emocionales. Para mí todos ellos son
aquello que Gramsci denominaba modelos de vida. No les llego ni a la altura de
las suelas de sus zapatos. En el periodo que va de mediados de 1981 a abril de
1982 periodo yo era un simple cuadro intermedio de los miles que resistieron a la «normalización» de aquel gran
PSUC que se tragó la transición. Sólo después del sexto congreso, el colectivo consideró que debía asumir una responsabilidad mayor: dirigir durante unos años el semanario Avant.
Llevo
horas escuchando en mi interior el viejo eco de las sabias palabras de uno de
los poetas que cinceló mi educación sentimental:
«No quiero arrepentirme después
De lo que pudo haber sido y no fue…
Sólo se vive una vez
Hay que aprender a querer y vivir
Hay que saber que la vida se aleja
Y nos deja llorando quimeras».
Un
análisis de la educación sentimental de mi generación y de la anterior, (
Machín, Gardel, León y Quiroga, Manzanero…), quizás daría algunas claves para
interpretar nuestra mentalidad. Una educación sentimental que produjo un
remarcable fenómeno: la resistencia de un buen puñado de comunistas a la
normalización y a la re-subalternización sufrida entre 1977 y 1982.
Entre
1981 y 1982, entre siete y ocho mil militantes comunistas rompimos con la
resignación y la impotencia experimentada ante la «transacción del
78» y el eurocomunismo. Decidiremos emprender la construcción de una
opción política y social rebelde, que pretendía romper con un régimen que
todavía no estaba consolidado del todo: contribuimos a formar el PCC.
Fue
un movimiento de base, de esos que no suelen salir en las fotografías
oficiales. Comparto aquí unas cuantas de aquellas fotografías que no suelen
verse en las historias oficiales. Las he sacado del web del Arxiu JosepSerradell.
Era
una opción a contrapelo de todo. Fue recibida por la prensa burguesa con
improperios e insultos estigmatizantes e incluso con llamamientos al ministerio
del interior a poner orden (“El cambio el PSUC”, editorial de La Vanguardia,
07/I/1981). La jerarquía eurocomunista y la burocracia sindical tuvieron que
recurrir al estado de excepción en el interior de sus organizaciones:
expulsiones de militantes, destitución de alcaldes y concejales, disolución de
gobiernos municipales ( Barberà o Montcada), disolución de organismos partidarios
y sindicales… Por su parte, el resto de partidos del régimen nos trataron
durante años como apestados.
No me
quejo de ello. Era la reacción habitual de los de arriba cuando los de abajo se
rebelan. El que no quiera polvo, que no vaya a la era.
Íbamos
a contrapelo de la claudicación. Pero el enemigo de clase y los adversarios políticos
y sindicales eran mucho más fuertes que nosotros. Una larga batalla de
posiciones nos fue desgastando y derrotando, molecularmente, poco a poco.
Nuestras fuerzas materiales y morales no fueron suficientes para resistir una
batalla de tanto largo aliento. La división y la cooptación, sempiternas
compañeras de las derrotas, nos fueron acompañando a lo largo de este viaje de cuatro
décadas. No es un reproche a nadie. Quiero y respeto todos los camaradas que he
conocido durante esta larga experiencia vital. Más allá de actuales coincidencias o divergencias
políticas, creo que nos une el proyecto de la emancipación social y nacional
del pueblo trabajador.
A
pesar de todo, dimos la batalla. No queríamos arrepentirnos «de lo que
pudo haber sido y no fue». Creíamos que era necesario reaccionar, y lo
hicimos. Y aquí seguimos.
Quizás
nuestra actitud fuera la última carga de la «brigada ligera». Hoy
algunos piensan que fue inútil. Yo creo que fue una batalla bellísima, un
desafío ético-político que teníamos que sostener. Luchamos y sembramos.
Hoy,
cuando veo el breve e impactante video confeccionado y tuiteado por unos jóvenes militantes de Comunistes de Catalunya, mi corazón de viejo comunista no ha podido más que emocionarse.
Hoy me muevo entre el Escila de la melancolía y el Caribdis de
la esperanza.
¡No, el comunismo no ha muerto!




